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lunes, 14 de junio de 2010

Somos asnos estúpidos


Naron, de la longeva raza rigeliana, era el cuarto de su estirpe que llevaba los anales galácticos. Tenía en su poder el gran libro que contenía la lista de las numerosas razas de todas las galaxias que habían adquirido el don de la inteligencia, y el libro, mucho menor, en el que figuraban las que habían llegado a la madurez y poseían méritos para formar parte de la Federación Galáctica.

En el primer libro habían tachado algunos nombres anotados anteriormente: los de las razas que, por el motivo que fuere, habían fracasado. La mala fortuna, las deficiencias bioquímicas o biofísicas, la falta de adaptación social se cobraban su tributo. Sin embargo, en el libro pequeño no había habido que tachar jamás ninguno de los nombres anotados. En aquel momento, Naron, enormemente corpulento e increíblemente anciano, levantaba la vista, notando que se acercaba un mensajero.

—Naron —saludó el mensajero—.¡Gran señor!

—Bueno, bueno, ¿qué hay? Menos ceremonias.

—Otro grupo de organismos ha llegado a la madurez.

—Estupendo. Estupendo. Actualmente ascienden muy aprisa.

Apenas pasa año sin que llegue un grupo nuevo. ¿Quiénes son ésos?

El mensajero dio el número clave de la galaxia y las coordenadas del mundo en cuestión.

—Ah, sí —dijo Naron—. Lo conozco. —Y con buena letra cursiva anotó el dato en el primer libro, trasladando luego el nombre del planeta al segundo. Utilizaba, como de costumbre, el nombre bajo el cual era conocido el planeta por la fracción más numerosa de sus propios habitantes. Escribió, pues: La Tierra.

—Estas criaturas nuevas —dijo luego— han establecido un récord. Ningún otro grupo ha pasado de la inteligencia a la madurez tan rápidamente. No será una equivocación, espero.

— De ningún modo, señor — respondió el mensajero.

— Han llegado al conocimiento de la energía termonuclear, ¿no es cierto?

—Sí, señor.

—Bien, ése es el requisito. —Naron soltaba una risita—. Sus naves sondearán pronto el espacio y se pondrán en contacto con la Federación.

—En realidad, señor —dijo el mensajero con renuencia—, los Observadores nos comunican que todavía no han penetrado en el espacio.

Naron quedó atónito.

—¿Ni poco ni mucho? ¿No tienen siquiera una estación espacial?

—Todavía no, señor.

—Pero si poseen la energía termonuclear,¿dónde realizan las pruebas y las explosiones?

—En su propio planeta, señor.

Naron se irguió en sus seis metros de estatura y tronó:

—¿En su propio planeta?

—Sí, señor.

Con gesto pausado, Naron sacó la pluma y tachó con una raya la última anotación en el libro pequeño. Era un hecho sin precedentes; pero es que Naron era muy sabio y capaz de ver lo inevitable como nadie en la galaxia.

—¡Asnos estúpidos!— murmuró.


Isaac Asimov


(Con perdón para tan dignos e inteligentes animales...)

miércoles, 28 de octubre de 2009

Pensamientos y Fortunas de un Si Menor XII



Quiero soñar que volvemos al lugar donde no hemos llegado aún.

sábado, 3 de octubre de 2009

El milagro de la vida



El milagro de la vida en todo su esplendor. Pura poesía visual.

lunes, 20 de julio de 2009

La Tierra no pertenece al hombre, sino el hombre a la Tierra



La tierra no pertenece al hombre, sino el hombre a la tierra. Todo está unido, como una familia por la sangre. El hombre no tejió la tela de la vida; él es solo un hilo; lo que le haga a la tierra se lo hace a sí mismo; lo que haga con ella, lo hará consigo. También los blancos pueden llegar a sufrir la suerte que sufren nuestras tribus. Sigan contaminando su lecho y una noche se asfixiaran en su propio desierto. Cuando los bisontes sean exterminados, los caballos salvajes domesticados, saturados por el hombre los mas recónditos rincones de los bosques, el follaje y la maleza habrán desaparecido, el águila se habrá ido. La vida dejara su lugar a la supervivencia. Estas cosas escapan a nuestro entendimiento. Quizás podríamos comprenderlo si supiéramos cuáles son los anhelos del hombre blanco, qué esperanzas trasmite a sus hijos en las largas noches de invierno, qué porvenir bulle en sus pensamientos....Pero somos salvajes, los sueños del hombre blanco nos están vedados, y no nos queda sino seguir, nuestro propio camino. Consideraremos la oferta del Gran Jefe de Washington.

Si llegamos a un acuerdo será para asegurar nuestra conservación; tal vez en la reserva que nos ha prometido podamos pasar el poco tiempo que nos queda. Cuando el piel roja desaparezca de estos lares y sus recuerdo solo sea la sombra de una nube sobre la pradera, el espíritu de mi gente seguirá impregnando esta tierra, a la que aman como ama el recién nacido los latidos del corazón de su madre. Si les vendemos estas tierras, ámenla como nosotros, desvélense por ellas como nosotros, manténganlas tal como las entreguemos.

PRESÉRVENLAS PARA SUS HIJOS. Y ÁMENLAS COMO DIOS AMA A TODOS NOSOTROS.

Carta al presidente norteamericano Franklin Pierce que le respondía a la oferta de comprarle las tierras y que serían habitadas por colonos blancos del Norte.